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MENSAJE EMBOTELLADO

Archivado en LOS POST MAS PADRES • Fecha: 17-04-2006 09:10:59



Llegué mucho antes de que comenzara el día. Le gané al sol y a las aves que en señal de recibimiento desplegan sus alas para planear así su vuelo por todo el espacio libre que queda entre el cielo y el mar; además de que el destino, Dios o las circunstancias “confabularon” a mi favor para que las cosas salieran como yo quería, porque en ese lugar -aparte de mi- no había nadie más.

El mar estaba también todavía “dormido”, me di cuenta de eso cuando me asomé por el borde del muelle tras haber recorrido el amplio pasillo que conformaba el entarimado de madera, y me sorprendió aún más descubrir que así bajo ese tranquilo y aparente estado de “vigilia” el mar no dejaba de mostrar su poderío y fortaleza, al estremecer con su intermitente vaivén cada uno de los postes que sostenían esa falsa extensión de tierra firme sobre el agua.

Me distraje por un instante, cautivada por eso y por el romántico tono grisáceo del cielo que indica que el día aún no ha comenzado bien del todo; así que para ganar tiempo, perfilé mis pasos sobre el camino ya andado y me fui a sentar sobre la arena, que dormitaba y al mismo tiempo permitía que un poco más allá del límite de su conciencia la acariciara la espuma marina.

El momento era perfecto, pero no sería eterno, por lo que me apresuré a descolgarme la mochila que llevaba atada a la espalda, para luego abrirla, buscar y sacar de su interior todo lo que utilizaría en ese lugar.

Hacía frío, porque la piel de mis brazos y de mis piernas cruzadas se erizó, mientras que la botella transparente colocada al lado mío (sin el corcho) se llenó de vaho húmedo que reflejó la ausencia del calor de los rayos solares y le resté importancia otra vez, puesto que toda mi atención debía ser puesta ahora en cada una de las palabras que debía plasmar sobre la hoja de papel color matte que había arrancado y apoyaba en ese momento sobre mi diario, en espera de que las ideas surgidas de mi mente y mi alma se materializaran sobre el.



Como buena “aprendiz de escritora”, mordí la tapa de mi pluma favorita en señal de que como en todos los comienzos la inspiración se rehusa y por eso siempre son “en blanco”; pero luego comencé a recordar todo cuanto había pasado para llegar hasta ese punto, y aunque no sabía todavía a quien dirigir esa carta, comencé por contarle que no obstante que la podía haber llevado ya escrita; si lo hubiera hecho habría perdido gran parte de la magia que yo quería “embotellar” junto al trozo de papel, y por esa razón la espontaneidad de haber decidido redactarla de último momento desde la playa de Long Beach... El lugar donde ví por primera vez el mar.

Sonreí, porque el bloqueo inicial se esfumó, y sin importar a quién le escribía de pronto tuve ganas de contarle “mil cosas”: de la cantidad de meses que esperé para poder realizar ese sueño, de la cantidad de tiempo que invertí buscando entre distintos tipos de botellas, una que yo sintiera que era “especial”… Y aunque en un principio, había elegido una botella de una cerveza “conmemorativa”, elaborada con cristal oscuro, desistí de la idea por temor a que estando ya en las profundidades del océano, un grupo de “ambientalistas” pudiese confundirla con basura flotante, y terminar en una red que en forma abrupa vendría a interrumpir su camino hacia un lugar desconocido y lejano.

Pero los mensajes embotellados siempre conservan un poco de la magia con que fueron redactados sobre tierra firme, así que mientras mi pluma se deslizaba cada vez con mayor facilidad, impregnando al papel de tinta que poco a poco se convertía en letras, comencé también a “soñar despierta” y me imaginé la botella ya en plena travesía, siendo guiada en medio de las olas y a gran velocidad por un grupo de delfines que al nadar cercanos a ella, sin duda provocarían se deslizara con mayor rapidez para a travesar por mares de aguas gélidas y cálidas en busca de un destino final.



Pero el destino, al igual que el mar, también es un universo profundo e infinito, por lo que no fue difícil imaginar la botella, flotando entre aguas turbias por el paso de un enorme trasatlántico, en el que desde la proa o la cubierta, un hombre de mar (llámese marinero, capitán o simple almirante), después de un intenso viaje, la descubriría flotando y sin duda la rescataría, para apoderarse del mensaje contenido en su interior.

Sé que podría haber seguido ahí, imaginando mil cosas, pero la marea que sobrepasó el límite que había tenido desde el principio de mi estancia en esa playa, me indicó que el mar estaba despertando, que el sol ya no tardaba en aparecer, y por ende había llegado el momento de introducir el trozo de papel en la botella, colocarle el corcho y lanzarlo lo más lejos posible para que no existiera ni la menor posibilidad de que el mensaje embotellado pudiese regresar otra vez a tierra firme.

Fue un ritual que me llenó el corazón de esperanza y tras besar el cristal transparente en señal de despedida, caminé con la botella empuñada por el cuello hasta que mis pasos se vieron interrumpidos por el nivel del agua que ya no me permitió llegar más lejos. Desde ahí la lancé con todas mis fuerzas y no me importó experimentar frío mientras mis pies continuaban envueltos por el agua marina que me cubría hasta las rodillas, puesto que permanecí ahí, hasta que la percepción de mis ojos me permitió ver como a medida que la distancia aumentó, la botella pasó a convertirse en un pequeño punto indefinido en medio del imponente y majestuoso color verde del mar.



Suspiré… Porque no lo escribí en el mensaje embotellado que ya viajaba en medio de las olas, pero de todos los posibles finales que imaginé para la historia de este sueño, el que más me gustaría que pasara era aquel en el que si cerraba los ojos, fácilmente podía ver como la botella, después de muchos días y noches flotando, terminaría su viaje incrustada en la arena de una playa lejana, en la que un hombre sencillo, de mirada tierna y transparente la descubriría, para luego de interpretar el mensaje contenido en ella, tomar la determinación de viajar hacia un continente desconocido, tal vez sin saber que a miles de millas náuticas de distancia alguien puede encontrarse con el amor de su vida.

La sola idea provocó que me ruborizara y que mi lengua humedeciera cada extremo de la comisura de mis labios, en un intento similar e inconciente por preservar el sabor que te deja el saber que es la última vez que besas a la persona que amas y que pasará muchísimo tiempo antes de que la vuelvas a ver… Pero ya… Eso significaba creer ya demasiado en las historias con “finales rosas”… y aunque el rumbo que tomaría mi vida -al igual que el del mensaje embotellado- era incierto, me alejé de ahí con una sonrisa dibujada en el rostro, pensando en que no esperaba ya nada, puesto que ese mensaje que viajaría a miles de kilómetros con el propósito de brindarle esperanza a quien quiera que fuese que lo leyera, tal vez en un futuro no muy lejano volvería de nuevo hasta el punto de partida, para demostrarme con ello, que la vida está llena de posibilidades infinitas…



P.D: Demasiado "Cursi", pero todo lo que has leído en este post es algo que está en mi enorme lista de "sueños" y que espero en un futuro no muy lejano poder realizar.

Escrito por Martha Mendoza
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Comentarios

  1. Muy bonito sueño, ojala pronto se cumpla.
    Me recordo algo y aparte porque creo que necesito vacaciones en la playa. ;P Saludos.

    Shere — 18-04-2006 19:10:45

  2. Pues nada a ver si me la encuentro y me entero de lo que encierra, aunque yo creo que hubiera sido mas practico tirarla por aquí para tener mas posibilidades, claro que donde se ponga el mar...

    Carlos Martinez — 20-04-2006 10:40:02


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