
No me gustan los días de “asueto”, porque a parte de que me aburro como “ostra”, esta temporada en particular que es de reflexión, de guardar y de recogimiento (aunque se oiga tan feo) me provoca a veces crisis existencial.
El día de hoy por la tarde, precisamente estaba platicando con una amiga (vía Messenger) de lo aburrida que estaba y ella me decía en tono de burla que era yo una “al revesada” en el sentido de que prefería estar trabajando a estar en mi casa descansando, y no, no es que sea “workaholic” o algo por el estilo, sí disfruto mucho estar en mi casa, convivir con mi familia, tener tiempo para dedicarme a mi misma, a hacer mis cosas (que siempre, siempre tengo mucho que hacer), pero también por otro lado, es extraño como llegas a acostumbrarte a un ritmo de vida y este Viernes Santo que fue el segundo día que estuve en casa todo el día me sentía como pez fuera del agua, rara por estar en casa digamos al mediodía, por tener disponible tanto tiempo y sobre todo porque estoy tan acostumbrada por ejemplo a que la mayor parte de mi día transcurre entre el camino de ida y regreso a mi trabajo, en la convivencia con los chavos de la agencia, que cuando en días como este permanezco desde que despierto en casa, percibo las cosas en forma por demás diferente.
Otra cosa que no me gusta –y ya hablando más en especifico de la Semana Santa- es que la temporada en sí me hace pensar en lo miserable que soy como ser humano… Digo esto aunque se oiga fuerte, porque si bien no soy “una mala persona” puesto que jamás he asesinado, no robo, etc... tampoco soy "una buena persona", por el simple hecho de que jamás he contribuido con algo importante y que en cierta medida haya contribuido para ayudar a las demás personas.
Me cayó el 20 de todo esto, durante la mañana de hoy, cuando me tocó ver pasar afuera de mi casa a toda la gente de la parroquia que está a media cuadra de mi casa, mientras representaban el “Viacrucis”; luego más tarde, viendo la trasmisión que cada año se hace por televisión de la procesión en Iztapalapa empecé a recordar que todo eso nunca tuvo para mi mucho sentido o lo veía desde otra perspectiva hasta antes de ver la película de “La Pasión” que dirigió Mel Gibson.
No, no fue que yo haya sido “atea” durante toda mi vida y a raíz de esa película me haya convertido en “Aleluya” (como les llaman en tono de burla a las personas que se la pasan todo el día metidas en la iglesia), porque no obstante que en mi familia se me inculcó –como a muchas otras personas- la religión católica, mi creencia en Dios se fortaleció hasta muchos años después y a raíz de 2 experiencias en particular (que por cierto siempre digo que voy a contar aquí y nunca he contado… ¡se las debo otra vez!)… Pero a lo que voy, es que este Viernes, al ver esas representaciones, comencé a acordarme de cómo me impresionó la película de Mel Gibson, quizá porque a pesar de que durante años había visto la mayor parte de las películas que siempre pasan en la tele durante esta época, tal vez, para bien o para mal la mentalidad que tengo ya como una mujer adulta me hace estar conciente de muchas cosas y todo lo relacionado con la pasión y muerte de Jesucristo lo había visto simplemente como una historia, un simple relato bíblico o muy “poético” de algo que pasó muchos siglos atrás, que si bien lo sentía como una tradición, lo veía muy, muy lejano a mi.
Yo en lo particular, cuando vi esa película salí llorando del cine (siempre he tenido corazón de pollo y lloro por cualquier cosa), pero no fui la única persona que se impresionó tanto al tomar consciencia de lo estúpidamente injustos que podemos ser los humanos para todavía después de 2000 años aún no saber valorar el ejemplo más grande de amor, sacrificio y fe.
Esto lo comento, puesto que me acuerdo en particular de una anécdota curiosa de una chava que en ese entonces (cuando se estrenó la película) era cliente de la agencia donde yo trabajo debido a que era Gerente de Mercadotecnia de una importante empresa distribuidora de cerveza aquí en Cd. Juárez. Ella era la típica chava que salía todos los fines de semana a los antros, no era alcohólica, pero si de vez en cuando se ponía medio jarra y a raíz de que vio la película, a todos nos impresionó que ella prometió no volver a tomar… Incluso una vez estando en la oficina, llegó rápidamente a revisar unos trabajos que le estábamos haciendo, y se fue de inmediato, pero luego, como a los 5 minutos, en la avenida que está a media cuadra de la oficina, se oyó un rechinido de llantas y los chavos en tono de broma dijeron que había sido ella, que muy posiblemente había chocado por estar alterada por la falta de alcohol…
Esa es una anécdota chistosa, pero que al mismo tiempo a mi en lo personal siempre me hace reflexionar en el grado de sacrificio o en las cosas que yo podría estar dispuesta a dar para ayudar a los demás, y eso, al mismo tiempo, me lleva a pensar en que la Semana Santa, me gusta y no me gusta por varias razones.
Cada año, cuando veo las procesiones, a la gente que camina descalza, las que se autoflagelan, se ciñen sobre la cabeza coronas de espinas o cargan sobre sus espaldas pesados maderos, pienso que así como muchos de ellos lo hacen con todo su corazón, con todo el deseo de imitar el sufrimiento de Jesucristo y de paso expiar sus culpas o ofrecer ese sacrificio a cambio de algo que desean o en agradecimiento a algún favor concedido, no puedo evitar también pensar en que hay gente a la que ese “sentido de arrepentimiento” sólo le dura lo que dura la pascua o que hay muchos quienes no viven de acuerdo a esa fe que profesan, y sé que mucha gente me va a querer “ahorcar” o mínimo me la va a “rayar” porque al decir esto me estoy refiriendo en especifico a algunos altos jerarcas de la iglesia como el Cardenal Norberto Rivera, el Obispo de mi diócesis: Renato Asencio León, algunos cardenales e incluso hasta el actual Papa (ahora si seguro me van a “linchar”).
Eso es justo una de las cosas que no me gustan de la Semana Mayor, por que así como me ha tocado ver sacerdotes que viven en total austeridad, que literalmente consagran su vida a Dios y se van a trabajar con la gente más pobre, para dar así testimonio de fe con su propia vida, estos personajes que mencioné antes y que son quienes presiden siempre las ceremonias religiosas de esta temporada, leen los textos biblicos representando la parte de Jesucristo, pero su vida cotidiana dista mucho de ser ejemplo de sencillez y humildad… ¿O cuándo han visto al ilustre Arzobispo Primado –que es la autoridad máxima de la iglesia católica en México- ir a evangelizar por ejemplo a una región apartada?... Al contrario… Hasta donde yo sé, el señor preside ceremonias religiosas muy importantes, vive en una casa padrísima y tiene varios coches…Que gran diferencia a la Madre Teresa de Calcuta quien me impresionó muchísimo leer un día que ella como posesiones sólo tenía un par de “Saris Blancos” (el hábito que usaba siempre), y no es que yo critique la forma de vivir que tienen “Los Príncipes de la Iglesia” (porque vaya que viven como príncipes), pero como que no concuerda decir que “Hay que vivir con humildad”, cuando tu ejemplo de vida es exactamente lo contrario… y ya hasta ahí le dejo porque sé que mucha gente no va a estar de acuerdo con lo que digo, pero insisto, no puedo generalizar y afortunadamente sé que no toda la gente que está dentro de la iglesia católica es igual.
Otra cosa que también me llama mucho la atención es pensar en que así como mucha gente le demuestra su fe o su arrepentimiento a Dios a través de todas esas prácticas “dolorosas” –cosa que es muy respetable- pienso al mismo tiempo en que ¿no será hasta cierto punto un sacrificio inútil?, viéndolo desde el punto de vista de que si Dios aceptó padecer tanto dolor físico fue precisamente para que nosotros fueramos no sólo libres de pecado, sino para que a partir de entonces fuéramos felices, y en ese sentido pienso que sería tal vez de mayor validez para Él un sacrificio “más aplicable” a nuestra vida diaria, como por ejemplo la gente que vive en las colonias populares y que no tienen agua, que soportan caminar a diario varios kilómetros cargando cubetas y recipientes para abastecerse, o si no tienen que caminar mucho, quizá si tienen que “Corretear” literalmente a las pipas que los abastecen y todavía aparte pelearse porque quizá las personas que los surten se aprovechan de la necesidad y les quieren vender mucho más cara el agua.
También están las madres que durante todo el día trabajan y con todo el dolor de su corazón dejan solos a sus hijos, los chavos que tal vez sacrifican su sueño de estudiar o de alcanzar algo por cargar con responsabilidades que “no les corresponden” en su totalidad (sí, me estoy refiriendo a alguien muy importante para mi), padres de familia que arriesgan su vida en la línea divisoria, soportan racismo y discriminación para sacar adelante a sus familias y así por el estilo podría mencionar muchos ejemplos que sin ir muy lejos a diario vemos y podrían ser comparables a cargar todos los días la misma cruz que durante las 14 estaciones llevó a cuestas Jesús.
Por esa razón decía al principio del post que eso me hace tener crisis existencial y sentirme miserable como ser humano, porque a pesar de que dicen que “Dios no le da a cada persona más peso del que puede cargar sobre su espalda”, a mi en lo personal me gustaría que así como me impresiona por ejemplo la capacidad que Dios tiene para demostrarnos su existencia en cosas tan sencillas (como que el cielo se oscurezca y se desate el viento siempre el Viernes Santo a las 3 de la tarde), me gustaría que mi FE fuera lo suficientemente GRANDE para no experimentar tristeza, cuando tengo muchos motivos para estar contenta porque a diferencia de muchas otras personas, Dios ha sido demasiado generoso con mi vida; para que cada vez que haga oración, en lugar de decir: “Dame”, “Te Pido por”... o “Ayúdame a”… que de mi corazón salga un: “Estoy aquí con la disposición para hacer”, “Te Ofrezco mis actividades de hoy a favor de tal o cual circunstancia”, “Confio en ti”, “No tengo miedo de tomar tal o cual decisión porque confío en ti mi vida”, puesto que aunque sé que no está en mis manos resolver los problemas de las demás personas, si puedo ser capaz de enfocar mi trabajo de cada día para lograr cosas que no sólo me beneficien a mi.
En este momento por ejemplo, tengo una “deuda pendiente” con el alto mando, no sé en cuanto tiempo más voy a poder cumplirla, porque para poder realizarlo, tengo que aplicarme y estudiar un chorro, pero a lo que voy es que la actitud reflexiva y penitente, característica de los días santos, debe permanecer con cada uno de nosotros siempre.
Eso no tiene absolutamente nada que ver con la religión, y yo creo que no hay necesidad de padecer, autoflagelarse o castigarse tanto, puesto que estoy convencida que a Dios le gustan las cosas sencillas y valora mucho más las acciones pequeñas (pero bien intencionadas) que cada uno de nosotros le podemos ofrecer a diario y van desde el no tirarle mala onda a nadie, quizá no quejarse por las broncas -que bien o mal todos tenemos-, contaminar con pesimismo o mal humor cuando tenemos un mal día a la gente que nos rodea, rayársela al que se nos atraviesa o tratar a toda la gente por igual, pues sólo en la medida que logremos hacer ese tipo de cosas, podremos tener la capacidad para demostrar no sólo nuestra fe, sino la convicción de que ese Dios que resucitó y desafió así a la muerte hace más de 2000 años, es parte de nuestra vida diaria.
¡Feliz Pascua de Resurrección a Todos!
octavio — 16-04-2006 04:55:53
Caso Patologico — 25-04-2006 07:05:15