
Hace ocho meses atrás, alguien cerró en mi cara la puerta que daba acceso al único lugar en el que yo había encontrado todo lo que necesitaba.
Cuando eso sucedió, la sensación de ver que la puerta únicamente podía abrirse por dentro fue muy dolorosa, ya que después de haber estado buscando ese lugar durante tanto tiempo, el saber que no podría volver a entrar fue similar al desconcierto que experimenta un viajero, cuando estando en tierra extranjera y luego de haber permanecido durante muchos días dentro de un hostal cálido y confortable, de pronto y sin la menor conmiseración encuentra sus maletas en la calle y se da cuenta no sólo de que no puede volver al lugar en donde estaba, sino que afuera, las condiciones ni siquiera son propicias para reanudar un nuevo viaje.
El desconcierto y la tristeza que provoca el estar consciente de todo lo que ha quedado atrás de esa puerta hay unos días en que es más fuerte que otros y ha propiciado que a pesar de que sé que no hay manera de abrirla, yo haya permanecido durante varios días y semanas al pie de la misma con la esperanza de volver a verla abrirse.
En los momentos de desesperación -cuando recién sucedió todo- muchas veces toqué con el puño cerrado sobre la madera, llamando con insistencia para que alguien me escuchara y acudiera de inmediato a abrirme, pero jamás obtuve respuesta alguna y en los días, tardes y noches subsecuentes -y no obstante que mi desesperación siguió ahí- poco o nada sucedió… Por el contrario, mi esperanza poco a poco fue mermando hasta convertirse en un quejido introspectivo muy leve, que supongo es lo que me ha hecho permanecer hasta ahora en ese mismo lugar, sentada en la banqueta, a veces de pie sin decir nada o recargada sobre la pared esperando y sin querer irme de allí por si algún día sucediera el milagro de poder volver a estar ahí adentro otra vez.
Tanto tiempo de espera, a la par de llevar a cuestionarme ¿por qué me ha sucedido todo esto? me ha hecho darme cuenta que por haber pasado tantos días pendiente de la puerta, con el oído pegado a la superficie de madera en espera de reconocer el más leve sonido que pudiera indicar que va a ser de nuevo abierta, logró hacer que por completo me olvidara de mi.
Perdí la cuenta de cuántos días de lluvia pasé a la intemperie, de las noches con frío o de tardes ardiendo bajo el calor y el resplandor de un sol intenso, porque lo único que importaba adentro de mi mente y alma era encontrar la forma de volver a estar al otro lado de la puerta una vez más… Y fue así, como dentro de esa misma inconciencia, de pronto descubrí no sólo que había pasado mucho tiempo, sino que yo no era más que un espíritu triste y desliñado esperando en vano por una respuesta que tal vez nunca llegará.
El instante mismo en el que me di cuenta de eso fue casi igual de fuerte que el momento en que la puerta fue cerrada. Permanecí ahí –porque después de todo no tenía ya ningún otro lugar a donde irme- pero mi atención ya no estuvo centrada del todo en la puerta –que durante todos estos meses ha permanecido igual, sin abrirse para nada- y fue así como desde allí obtuve una visión “más realista” de lo que eran otras vidas, puesto que descubrí por todo lo largo y ancho de la calle a muchas otras personas que bajo circunstancias diferentes permanecían al igual que yo frente a miles de puertas, aferrados a su trabajo, a la esperanza de volver a ver a quien amaban, a la idea de un pasado que por más que intenten no puede volver a ser igual, por el simple hecho de que las mismas historias nunca se repiten.
Al observar todo eso, también descubrí que en esa misma calle existían otras personas (quienes a diferencia de los que permanecíamos frente a las puertas), caminaban con toda la libertad que da el no sentirse atado a nada y el crecimiento interior que da el tener la certeza de que si una puerta era cerrada ante sus ojos, más adelante encontrarían alguna otra abierta donde sin duda alguna habría también en su interior la posibilidad de una nueva oportunidad.
Por mi parte, no sé cuánto tiempo más permaneceré aquí afuera de pie frente a la puerta… A veces pienso que mi espera tal vez carezca de sentido porque posiblemente yo ya no pertenezco a este sitio y porque es muy probable que si un día la puerta se abre, me encuentre con que todo lo que yo amo y necesito no esté del otro lado ya.
Quizá esa sea la lección que sin quererlo he tenido que aprender al quedarme afuera, quizá será que tengo que aprender también a dejar de mirar alrededor para centrar mi atención y mis sentidos otra vez en mi y aunque no tengo ni la menor idea de cómo hacerlo, a veces desearía con toda mi alma encontrar de repente un sonido en la calle o percibir un aroma a lo lejos que atrajera mi atención de un modo tan fuerte que eso llegara a convertirse en un motivo suficiente para decidir alejarme de aquí.
Tal vez sea también que la vida sea sólo eso. Un constante caminar entre miles de puertas que se cierran y se abren…La clave está quizá en aprovechar las oportunidades que se dan en ese lapso… Claro está, sin olvidar tampoco que no se debe permanecer demasiado tiempo frente a una…
Yo aún no lo entiendo, pero trato de asimilarlo (porque no me queda de otra), y no sé si a la larga conseguiré alejarme y olvidar todo lo que hay detrás de esa puerta e independientemente de si lo logro o me quedo en el camino, lo único seguro aquí es que por lo menos lo intentaré.
shere — 03-03-2006 03:47:38