Son los primeros días de otoño y había estado evitando venir a escribir porque emocionalmente sigo mal. El día de ayer fue particularmente difícil, puesto que tuve una de esas crisis de tristeza y llanto, de esas que no desaparecen hasta que me duermo e incluso así todavía vuelven y me hacen despertar de madrugada.
Esta tarde fui por eso nuevamente al parque. Estuve ahí la mayor parte de la tarde, pensando en todo lo que me agobia y pidiendo de nuevo por una respuesta concreta en mi vida. Lloré y mientras le pedía a Dios por eso, pensaba y le decía en voz baja que deseaba con todo mi corazón volver a ver a Iván ahí. Cerca de las 9 de la noche me colgué la mochila a la espalda y estaba por irme, cuando un carro entró al parque y casi se me va el alma al cielo cuando vi que era él y toda su familia.
Ellos también se sorprendieron de verme, llegaron ahí para caminar y hacer un poco de ejercicio (yo suponía que sólo hacían eso los días de entre semana).
Los saludé a todos de lo más normal, pero en el fondo estaba con el corazón casi en la garganta. Primero porque no podía creer que Dios me hubiera escuchado y segundo porque después de todo un día tan triste y tan difícil, tenía por fin frente a mi al chavo que tanto he amado.
No hablé con él, tan sólo por un instante nos miramos a los ojos y creo que sólo con eso le dije más que si hubiésemos conversado, puesto que lo único que él preguntó (en un tono un tanto sorprendido) fue ¿por qué andaba tan tarde en la calle?.
Después de eso, la mamá fue quien platicó más conmigo. Me comentó algunas cosas que han pasado con ellos en las últimas semanas y me invitaba a que me quedara a caminar un rato con ellos y aunque a mi me hubiera encantado quedarme más tiempo con ellos (sobre todo con Iván), no podía hacerlo porque el reloj marcaba ya más de las 9 y como el camino a mi casa es muy largo, yo tenía que emprender el regreso ya.
Medio me encaminaron a la salida del parque y nos despedimos. La señora me dijo que fuera a visitarla y le llamara (una vez que le conecten de nuevo el teléfono), mientras que Iván y su hermano solamente me dijeron adiós.
Me alejé, pero antes de cruzar la calle volví la vista atrás y los vi ya a los tres juntos empezando su caminata y fue una sensación muy extraña, porque en el camino de regreso iba pensando en que de momento fui la mujer más feliz del mundo por haber visto de nuevo al hombre que amo, pero a diferencia de la semana pasada (en que también se me concedió verlo), en esta ocasión lo sentí distante
–tal vez porque no se esperaba verme ahí- y hasta en cierto momento llegué a sentir que ahora él es una persona que no tiene absolutamente nada que ver con el chavo del que yo me enamoré.
No sé que pase, puesto que unos minutos antes de que ellos llegaran y sin yo saber que lo vería, estaba –según yo- diciéndole a Dios que voy a seguir firme en mi decisión de esperarlo, porque aunque eso implique haber elegido el camino más doloroso y largo, yo quiero luchar hasta que ya no pueda por no perder al amor de mi vida.
Estoy más que conciente de que el resultado de todo esto no está en mis manos, y no obstante que todo mundo –incluso Iván con su actitud- me dice que claudique, yo no puedo hacerlo, porque aunque sólo Dios sabe que será de nuestras vidas, yo no puedo ni quiero dejar que todo lo que siento se pierda sin tener la certeza de saber que luché hasta el final, porque mientras mi corazón esté lleno de amor, por más días de crisis, por más desesperación, mi esperanza va a seguir ahí… Pues a final de cuentas se supone que de eso se trata la fe ¿no?: de creer a ciegas y sin cuestionar.
Soy humana y mucho más débil de lo que yo creía. Pero por eso quiero pedirle a Dios que me de la fuerza y la confianza (sobre todo en los días más críticos cuando mi fe y mi esperanza se ven minimizadas y casi derrumbadas), para no dejar de creer.
Haber que pasa más adelante.
P.D. Gracias infinitas, de verdad a Dios porque esta noche me escuchó.