
Atravesar de extremo a extremo el aeropuerto para salir a toda prisa hacia la estación del metro no fue para mi algo cansado; lo que si me hacía sentirme un poco extraña era el estar después de cuatro años viviendo una aventura similar a la del 2001 en una ciudad desconocida…
De hecho todo lo que estaba pasando a mi alrededor lo percibía tal y como si se tratara de un sueño, pues cuando iba viajando en el metro -de camino hacia el hotel donde sería la convivencia-, me daba la impresión de que todo estaba pasando ante mis ojos con demasiada rapidez antes de que yo pudiera asimilarlo y no sé… Tal vez ese sentimiento me abrumó de momento por la falta de costumbre de vivir tantas cosas tan intensas y en tan pocas horas, pues cuando menos lo pensé ya estaba a bordo de un vagón del metro, viajando a toda velocidad en un intento por atravesar no se cuantas estaciones para poder lograr mi objetivo, o mejor dicho: un sueño de tantos años, escribiendo una historia que no sabía si sería como yo la había imaginado y que para variar no tenía ni la menor idea de cómo iba a terminar.
Lo que más recuerdo de ese momento cuando íbamos viajando, es que Fer se mantuvo durante casi todo el camino demasiado serio, no sé si porque seguía con la idea de que se le hacía raro que yo estuviera en la Ciudad de México y en parte, pienso que también era porque estaba algo preocupado porque al día siguiente tenía examen y por salir tan deprisa de su casa esa mañana había olvidado su “acordeón” para estudiar.
Yo también permanecí seria durante casi todo el trayecto, pero no era por nerviosismo, ni mucho menos porque no tuviera nada que decir… Era simplemente que estaba demasiado concentrada en ir observando todo cuanto sucedía a nuestro alrededor, a la gente que subía y bajaba entre cada una de las estaciones, a los vendedores ambulantes que ofrecían productos superficiales que en determinado momento llegan a convencerte de que si los necesitas; a las personas que viajaban en el mismo vagón que nosotros y que durante el lapso de tiempo que permanecían a bordo, hacían algún comentario acerca de algo que les había pasado en ese día y que a mi en lo personal me hacía imaginar más o menos como sería su vida.
De la estación del metro que desconozco como se llama y está saliendo del aereopuerto, hasta Chapultepec (que fue donde nosotros nos bajamos), recorrimos un total de 13 estaciones… Pude darme cuenta de eso, porque a pesar de que yo no estoy familiarizada con las líneas del metro, en una de las paredes interiores del metro, había colocado en la parte superior, junto a una de las ventanas un cartelón con los dibujos y los
nombres de todas las estaciones por las cuales atravesaba esa línea.
Algo que aprendí también al momento de transbordar de un vagón al otro fue a reconocer que cuando el metro realmente está por llegar, en los ándenes previo a eso se siente una ráfaga de aire fresco… Yo no lo creí cuando Fer me lo dijo, sentado en el suelo de uno de los andenes, mientras esperábamos para transbordar… Más cuando me percaté de que los “churros” de mi cabello se agitaron con una corriente invisible que de momento también logró mitigar el calor que sentía, seguida por los vagones color naranja del metro que ya estaban a unos cuantos pasos de nosotros, casi sin pensarlo lo primero que hice fue voltear a ver a Fer, quien con una gran sonrisa asintió y me dijo: “¿Ya ves?... Todos los días se aprende algo”.