...Volví a abrir mis ojos a la realidad, para percatarme de la extraña sensación que te da el experimentar que la claridad del sol es capaz de disipar y hacer parecer insignificante cualquier duda, temor o tristeza que el alma humana puede albergar… Porque en cuanto desperté, el darme cuenta de que a pesar de que había despertado en un espacio que no era mi espacio y en una cama que no era la mía, todos esos sentimientos grises que había experimentado hacía apenas unas cuantas horas, se habían evaporado con la luminosidad del día y lo mejor de todo era que posiblemente no regresarían ya.
En cuanto desperté me sacó mucho de onda que la casa de Pío estuviera tan silenciosa. Vi el reloj y después de titubear un par de veces (porque mi huso horario es de una hora adelante del horario de la ciudad de México) me convencí –pero no del todo- de que en verdad pasaban ya de las 9:00 am.
Esperé un momento, para ver si escuchaba hablar a alguien, e incluso me quedé un momento sentada sobre la cama para ver si por la puerta aparecía Pío, ya que tanto silencio aún con la luz del sol colándose ya por todos lados me parecía fuera de lo normal, pero como ninguna de las dos cosas antes mencionadas sucedía, pasados unos minutos terminé por desesperarme y salí de la habitación para ir a tocar en la puerta donde mi amiga estaba para comprobar en cuanto llamé lo que ya sospechaba: ella ya estaba despierta.
Así empezó ese nuevo día, “El Primer Día Después del Concierto” y al igual que el anterior, en ese momento comenzaron también a consumirse de forma vertiginosa las primeras horas, pues apenas si nos arreglamos, desayunamos algo rápido, cuando ya era hora de volver de nuevo a la calle.
Afuera hacía un sol esplendoroso y por ende hacía algo de calor también –nada que ver con el viento fresco de la madrugada anterior- Pío y yo salimos directo a tomar un taxi que nos llevara a las instalaciones del INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia) donde yo tenía que entregar unas revistas para el Director o la chava de relaciones públicas y sin importar que el tráfico fuera denso y el camino un poco largo, Pío y yo aprovechamos para platicar.
Llegamos al museo poco después de las diez de la mañana. En un principio pensé que no nos darían acceso a entrar, ya que por ser Lunes, era día de “visitas guiadas” exclusivamente para grupos que lo solicitaran o para escuelas (porque encontramos un montón de niños jugando en la explanada que está antes de llegar a la entrada).
En cuanto pusimos un pie en el interior del museo y a pesar de que yo pensé que sería algo mucho más complicado nos dejaron entrar previo a llenar una hoja de registro.
Unos cuantos minutos más tarde ya estábamos en la oficina del Director del Museo para enterarnos de que además de que estaba muy ocupado y no podía atender a nadie hasta después de la una de la tarde, la encargada de relaciones públicas no tenía su oficina ahí en las instalaciones del Museo.
Esa última noticia alteró de momento los planes que desde un día previo Pío y yo habíamos hecho, ya que en nuestra agenda estaba contemplado terminar lo más temprano posible las diligencias que yo tenía por parte de la revista, para poder irnos después a alcanzar a todos los chavos Faenzos que desde temprano se apostaron en el Hotel con el objetivo de despedir a Laura; de hecho, cuando pasamos por ahí a bordo del taxi que nos llevaba rumbo al museo, vimos que en la esquina del hotel ya estaba Dora y otros chavos del club que no supe reconocer; así que mientras decidíamos si ir o no hasta la otra oficina del INAH (que estaba ubicada en la Colonia Roma), decidimos tomar unas cuantas fotografías de la exposición “del Faraón” que desafortunadamente por falta de tiempo no pudimos ver completa.


Fotos de la exposición de "El Faraón" en el Museo de Antropología e Historia
Contrario a lo que yo pensaba, la famosa oficina del INAH no quedaba tan lejos. Al salir del Museo, abordamos otro taxi y a los cinco o diez minutos ya estábamos sobre la calle Córdova, buscando el edificio marcado con el No. 45. Una vez que estuvimos ahí, una persona que se encontraba en la puerta nos dijo que la chava que buscábamos estaba en la entrada de enseguida, así que de inmediato fuimos, tocamos, y aunque no estaba, dejé las revistas con su asistente, no sin antes ponerme a sus órdenes y reiterarle mi deseo en nombre de la revista de seguir contando con material para publicar en futuras ediciones.
Después de esa visita por demás breve, Pío y yo nos alejamos de esas calles repletas de casas hermosas y antiguas a bordo de un taxi; y yo creo que serían poco más de las once de la mañana cuando una vez más estábamos junto a varios de los Faenzos “haciendo guardia” para interceptar a Laura, en el momento en que saliera del Hotel W con rumbo al aeropuerto.
Permanecimos ahí muy poco tiempo, en ese lapso más chavos comenzaron a llegar para sumarse a la espera. Ninguno de nosotros sabía bien a ciencia cierta ¿a qué hora tenía planeado salir Laura?, hasta que una chava que creo se llama Conny vio que una suburban se estacionó justo en la entrada del hotel y eso la hizo suponer –de una manera muy acertada- que podría tratarse del vehículo que usaría Laura, por lo que acompañada de alguien más fue a preguntar para aclarar directamente su sospecha y la persona encargada del vehículo le confirmó que sí, de un momento a otro ella saldría con
destino al aeropuerto.
Conny regresó de inmediato para darnos la noticia, y en cuanto supe eso, saqué de el estuche la cámara porque en el fondo tenía la esperanza de que al salir Laura se detuviera al menos por un par de minutos para despedirse de nosotros (que ya no éramos tantos), pero a decir verdad creo que tardaron más tiempo Conny y su acompañante en ir y regresar, porque cuando menos lo pensé nuestras miradas se centraron de nuevo media cuadra más adelante, para presenciar el momento en que Laura acompañada de Roberta (una de sus coristas) abrieron la puerta derecha de la suburban dispuestas a abordar.
Todos los chavos le gritaron, pero todo fue tan rápido que ya no pude ver si ella alzó la mano o no para corresponder al saludo. Apenas si la vi en una décima de segundo y parecía que iba bastante apresurada.
Las puertas de la camioneta se cerraron y fue ahí cuando la desesperación se apoderó a tal grado de todos los Faenzos (incluida yo), que como primer reacción instintiva todos empezamos a correr buscando un lugar disponible en cualquiera de los 3
autos que los chavos llevaron hasta ahí.
Fue de risa loca, porque los autos obviamente eran demasiado pequeños, y con tal de no perder tiempo, todos se subían “hechos bola” y todavía llevando a cuestas el montón de cosas que muchos llevaban para mostrarle a Laura o que les autografiara.
En cuanto se armó el “revuelo” Pío me jaló de la mano y ambas corrimos hacia el pequeño Nissan Sentra de una chava que yo no conocía y a la que todo mundo le decía “Cingoma”, pero como todo fue tan rápido lo único que recuerdo es que al final yo iba ya en el sitio de en medio del asiento trasero casi junto a la ventana del lado derecho y desde ahí vi a Pío desesperada por entrar también al vehículo aunque fuera a través de la ventana… Es más, creo que con el alboroto ya ni supo en dónde quedó una Coca-Cola que no soltaba ni a sol ni a sombra.
Los otros dos autos ya se habían alejado detrás de la suburban, cuando Cinthya (“Cingoma”) dio la vuelta para ir tras ellos.
A toda velocidad tomó la avenida sobre la que se encontraba el hotel y entre claxonazos, zigzagueos a través de los carriles para esquivar los autos que avanzaban lento y se interponían en nuestro camino comenzó la persecución.
Para mí, debo confesarlo, todo eso era muy audaz… Jamás en mi vida, ni en mis sueños más “guajiros” me había imaginado que alguna vez tendría la oportunidad de “Perseguir” a alguien a bordo de un auto, y de todas las personas que íbamos a bordo (Cinthya conduciendo, Naxieli (en medio), Pío encima de las piernas de otra persona que no recuerdo quien era, pero ocupaba el asiento del co-piloto, Sandy (la Chef) en la orilla izquierda, yo en medio y Guadalupe en la ventana derecha), parecía ser que yo era la única que iba con los pelos de punta y como gato espinado agarrada casi con veinte uñas.
Si por esa avenida sobre la que íbamos viajando, la velocidad del pequeño Nissan se me hacía excesiva, mis nervios se “crisparon” más cuando luego de comunicarse vía celular con los chavos de uno de los otros vehículos para saber la ubicación exacta de la suburban en la que viajaba Laura, Cinthya decidió tomar el periférico.
La bronca fue primero ¿por dónde entrar?, yo no conozco ni jota de esa ciudad, pero creo que la primer desviación para llegar al periférico la pasamos por ir a exceso de velocidad, luego cuando por fin estuvimos ahí, la persecución se recrudeció volviéndose más intensa… De hecho casi se me va “el santo al cielo” en el momento en que vi tremendo “camionsote” a pocos centímetros de distancia del pequeño carrito negro de Cinthya que a pesar del tráfico y de que a veces medio protestaba por ir tan rápido, logró ganarle la carrera a tremendo “mastodonte” que seguramente nos habría hecho “papilla” si hubiéramos estado un poquito más cerca, para finalmente avanzar en el camino y conseguir nuestro objetivo: llegar al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.
Si lo analizo ahora desde otra perspectiva, puedo decir que “La Persecución” estuvo bien porque logramos llegar en poco tiempo al aeropuerto, pero lo único que falló fue que perdimos tiempo porque no entramos por la desviación correcta (lo cual propició que Cinthya tuviera que ir a rodear hasta no se donde) y que una vez estando ya en el aeropuerto fue todo un rollo encontrar estacionamiento.
Luego de casi 15 minutos aproximadamente de dar vueltas y vueltas en el segundo nivel del estacionamiento buscando un lugar disponible, por fin encontramos uno.
Cinthya todavía ni siquiera terminaba de estacionarse, cuando nosotras ya nos habíamos bajado a toda prisa, puesto que había que atravesar todavía buena parte del aeropuerto para llegar hasta el área de abordaje de los vuelos internacionales, que era donde a estas alturas ya debía estar Laura.
Llegamos a tiempo, pero no tuvimos éxito, porque cuando llegamos ahí Laura estaba ya al otro lado de la aduana de revisión. Las únicas dos personas que alcanzaron a verla y a cruzar palabra con ella fueron Dora y Adriana (La Poblana), quienes tuvieron un poco de problema al acercarse porque Roberta (la asistente personal de Laura) pensaba que querían tomarse fotos y pedirle algún autógrafo, cuando todo lo que necesitaban era simplemente saber si Laura tenía planeado regresar pronto o no.
Esa fue la última vez que la vimos. Cuando estaba pasando sus cosas por la máquina de rayos x antes de abordar el avión que la llevaría a Panamá.
No fue necesario decirlo, pero todos los que estábamos ahí supimos que no habría ya otra oportunidad para estar con ella y tal y como si hubiera sido algo instintivo, todos comenzaron a alzar la voz para unirse en una porra colectiva de despedida.
Laura reaccionó de inmediato y volteó a vernos tímidamente (en el fondo pienso que le dio un poco de pena la porra) porque toda la gente que estaba en esa sala –y que me imagino no tenía ni la menor idea de quien era- volteó de inmediato a verla.
Luego cuando ella escuchó la típica porra que caracteriza a “Faenza” de Dame una L, Dame una A… para al final formar con todas las letras el nombre de “Laura”, ella alzó la mano, para con una gran sonrisa dibujada en el rostro, despedirse así de todos nosotros.
Para mi fue la primera vez que me tocó estar junto a todos los Faenzos en el momento de despedir a Laura y por lo mismo es un tanto difícil describir lo que se siente una vez que ella ya se ha ido, porque no obstante que ella desaparece de nuestra vista –pero no así de nuestras vidas-, todo queda como a la deriva…
Muchos nos quedamos ahí, todavía como si estuviéramos esperando algo o como si después de alcanzar el objetivo que nos tenía a todos reunidos en ese mismo punto, ninguno supiera que decir o hacer.
Eran ya las dos de la tarde y luego de que Laura partió, muchos chavos decidieron irse, mientras algunos otros que estaban ya cercanos a la hora de salida para regresar a sus lugares de origen, decidieron quedarse ya ahí en el aeropuerto junto a todos nosotros para ir a comer.
Todavía tardamos un poco en reunirnos todos en la placita de comidas del segundo piso del Aeropuerto, porque al auto de Conny se le descargó la batería en pleno estacionamiento y en lo que localizaban a Cinthya para que se regresara a pasarle carga todos iban y venían y mientras tanto yo me quedé junto a las otras chavas para apartar mesa (ya que a esa hora todo estaba ocupado) y a esperar a que luego de resolver el problema de Conny, regresaran por fin para comer todas juntas.
Luego de la comida nos quedamos durante un buen rato en charla de sobre mesa, comentando que era sorprendente que apenas si era poco después de las 3 de la tarde y el avión de Laura apenas había despegado (pues aún seguía apareciendo en la pantalla de información del status de los vuelos)… y ya nunca sabremos… O más bien dicho para mi siempre será un misterio el saber porque decidió estar en el aeropuerto para abordar cuando faltaban más de dos horas para que su avión saliera.

Cuando el grupo de 40 se redujo a 6... Las sobrevivientes: Adriana (La Poblana), Pío (My Little Friend), Yo, Dora, Claudia y La Doctora
Yo pensé que después de haber comido todo mundo comenzaría a despedirse y aunque después de la partida de Laura, el grupo si se vio considerablemente reducido, no se si fue por el cansancio, o las pocas ganas que cada uno tenía de volver a casa, que aunque las horas seguían pasando, todavía nos quedamos durante otro muy buen rato ahí.
En ese proceso, ya no sucedió nada relevante y quizá lo que más recuerdo fue una pequeña conversación que me causó mucha gracia y que se dio entre Pío, Adriana (La Poblana), La Doctora y yo. Todas estábamos sentadas en dos mesas cercanas y no recuerdo como fue –creo que fui yo la que lo mencionó primero- que entre las tantas cosas de las que conversamos salió a la plática el Foro que Laura Pausini tiene en Univision y esto es lo que más o menos recuerdo que dijimos al respecto.
-¿oigan y ustedes entran seguido al foro de univision?-
-Yo antes entraba muy seguido, pero ahora ya casi no.-
-Yo también y ahora sólo entro cuando quiero tener noticias acerca de lo que está haciendo Laura, porque ahí te enteras de todo.-
-Si es cierto, cuando quieres saber que novedades hay acerca de Laura, sólo entras al foro.-
-A mi lo que me choca es cuando ponen tres frases de respuesta y media página llena de fotos que ni siquiera te dejan ver lo que escribieron.-
-Deja tu eso, también a veces encuentras varios mensajes de una misma persona, parece que se la pasan ahí todo el día.-
-Si es cierto, hay chavos hasta porque les “duele la muela” van ahí y lo dicen.-
- Y todavía hay quienes les hacen segunda y les contestan diciendo: “lo siento mucho por ti, si Laura lo supiera seguramente se sentiría también muy triste por ti"…-
- Y además del mensaje dejan una foto de Laura con un diente al lado o una foto de ella misma sin un diente…-
-Jajajajaja…-
Hacía ya un buen rato que no me reía tanto, y cada vez que me acuerdo de esa pequeña charla y la conclusión a la cual llegamos no puedo evitar “botarme” de nuevo de la risa… Porque aunque faltaban todavía varias horas para que yo regresara a mi ciudad de origen, ese momento de “risa loca” provocó que dejara de pensar por un rato en que me agobiaba tanto que la marcha del reloj a esas alturas fuera para mi algo demasiado lento.
Al abandonar el área de comidas, lo primero que hicimos fue acompañar a Adriana (“La Poblana”) hasta el módulo de información (ubicado ahí mismo dentro del aeropuerto) de la línea de autobuses que la llevarían de regreso hasta su casa en la ciudad de Puebla, para que confirmara su hora de salida y le sellaran su boleto.
En apariencia todo parecía indicar que tendríamos oportunidad de seguir conversando y convivir todavía un poco más, pero apenas si llegamos y Adriana ya tenía que irse, así que comenzó a despedirse y justo en el momento en que la vi alejarse para abordar el elevador que la llevaría hasta donde se encontraba su autobús, me di cuenta con tristeza que del numeroso grupo que habíamos sido apenas un día antes, quedábamos solamente 6 personas y al marcharse Adriana el grupo se reducía aún más.
Como fan, tal vez esa sea la parte más difícil. Cuando caes en la cuenta que los momentos de euforia y alegría han pasado para que de modo inevitable regreses a la realidad y en ese momento no sé si era el cansancio, la tristeza porque Laura ya se había ido o las pocas ganas que cada una de mis amigas tenía de volver a su casa (y por ende a su mundo cotidiano), que en lugar de optar por despedirse en ese instante, decidieron acompañarnos a mi y a Pío en lo que se daban las 8:00 de la noche, hora en que saldría mi vuelo de regreso a Ciudad Juárez.
Toda esa mezcla de sentimientos encontrados se reflejaba en el rostro de cada una de nosotras y una vez que Adriana ya se había ido, de las chavas que quedábamos en un principio no sabíamos que hacer con todo el tiempo libre que nos quedaba por delante y a pesar de que surgieron varias opciones, en realidad sólo teníamos cerca de 3 horas que se reducirían de modo considerable por el tiempo y la distancia que con seguridad emplearíamos para trasladarnos de un lugar a otro.
La Doctora decidió despedirse de nosotras ahí mismo en el aeropuerto, pero antes de eso y luego de discutirlo, al final Dora, Claudia y yo estuvimos de acuerdo en aceptar la propuesta de Pío, quien sugirió que fuéramos hasta su casa para pasar de una vez por mi maleta y evitar así las prisas, para luego irnos a jugar billar a un lugar cercano que ella conocía.
De esta forma se consumieron mis horas restantes en la ciudad de México. Ese último plan se llevó a cabo tal y como estuvo previsto desde un principio y aunque no pasó nada relevante, puedo decir que a pesar del cansancio que todas llevábamos a cuestas (por tanta desvelada y ajetreo de los últimos días) pasamos una tarde bastante agradable y la sesión de billar además de resultar muy divertida, me sirvió para darme cuenta de que no juego tan mal.
Poco después de las 6 de la tarde finalizamos el juego y todas juntas abordamos de nuevo un taxi. Pío y yo camino al aeropuerto, mientras que Claudia y Dora con destino hacia sus respectivas casas, puesto que ahora si ya era inevitable el regreso y aunque la despedida de ellas fue por demás breve (ya que aprovecharon para bajarse en una esquina en la que el taxi hizo alto), eso no evitó que al menos para mí estuviera impregnada de un velo nostálgico, ya que aunque es la segunda vez que vivo tantas cosas tan de cerca con mis amigos Los Faenzos, siempre que se llega la hora de la despedida pienso en ¿cuánto tiempo pasará antes de que todos nos volvamos a reunir?
Casi 15 minutos después llegamos por fin al aeropuerto y aunque llegamos a muy buen tiempo (ya que todavía faltaba casi una hora para la hora de salida de mi vuelo) nos dirigimos de inmediato a la sala de salidas nacionales y en el pasillo que tomamos para ir hacia allá nos encontramos todavía a unos chavos de Faenza (quienes incluso todavía llevaban puestas unas playeras padrísimas de Laura) y estaban también en el aeropuerto porque iban también de camino a su casa en Monterrey.
Nos detuvimos momentáneamente para saludarlos y al mismo tiempo despedirnos. Yo la verdad sólo conocía a una de las chavas de vista (por el concierto del 2001), pero en ese instante que formó también parte de “El Proceso de la Despedida” me di cuenta que así como yo escribo ahora esta crónica, cada uno de los chavos y chavas “Pausinimaniacos” podrían contar esta misma historia desde mil ángulos diferentes y lo más importante: aunque muchos no nos conozcamos del todo, en el fondo todos somos parte de algo muy grande por el simple hecho de que nos une la amistad, la música y la admiración hacia una misma artista.
La hora de partir cada vez estaba más cerca, por lo que Pío sugirió que fuéramos a documentar mi equipaje mientras esperábamos a que llegara Fer (quien desde la noche anterior cuando el concierto terminó me prometió que iría al aeropuerto para despedirme). Pío estaba impaciente, porque creía que no llegaría, pero en el fondo yo estaba segura que él cumpliría su promesa, y a pesar de que no se lo dije a ninguno de los dos, para mi fue un detalle muy especial que estuvieran ahí.
Fer llegó "barrido", yo creo que faltaba poco menos de 20 minutos para que por fin yo regresara a Juárez, cuando él nos alcanzó en el aeropuerto. Un detalle padrísimo fue que llevaba en las manos un folder con todos los papeles que tenía de cuando unos meses atrás me ayudó a hacer el trámite para registrar mi novela en la oficina de "Derechos de Autor" y así poder enviarla a un concurso; eso sin contar que casi llegó derrapando porque no estoy muy segura, pero creo que venía directamente de sus clases en la universidad (Pío por cierto se "voló" también una, por acompañarme hasta el aeropuerto).
Ninguno lo decía, o no sé si sólo era idea mía, pero el ambiente se percibía extraño y gris (porque estaba a punto de llegar el momento de la despedida). Los pocos minutos que nos quedaron juntos aprovechamos todavía para seguirnos tomando fotos y justo después de eso yo decidí pasar por la revisión de la aduana para ya después de eso ir directo a la sala de abordar.
No me gustan las despedidas, mucho menos cuando un par de amigos te hacen saber con un abrazo lo importante que eres en sus vidas aún cuando tanta distancia te separa de ellos, pero te une un sentimiento profundo de amistad compartido a través de la comunicación de tantos años en un medio tan impersonal como para muchos puede resultar ser el internet… Y digo para muchos… porque el simple hecho de contar con amigos como ellos, en los que sé que puedo confiar sin importar las fronteras ni las distancias, hace que ya desde ahí mi perspectiva sea totalmente distinta.
Pasé por la aduana y yo de verdad quería evitar volver atrás la vista, pero Fer y Pío me gritaron a lo lejos y yo supe que esa era la última vez que volveríamos a estar juntos los tres.
La espera en la sala de abordar no fue demasiada, pero una vez que estuve dentro del avión todavía tuve que esperar cerca de 45 minutos más porque la aeronave que me llevaría de regreso a mi casa se quedó todavía un buen rato “varada” esperando indicaciones de la torre de control porque al parecer no había pista disponible para emprender el vuelo.
El cielo de la ciudad de México había obscurecido ya por completo cuando el avión por fin se elevó en el aire. Al igual que cuatro años antes volvió a impresionarme la vista nocturna que desde al avión tiene la capital del país, ya que yo iba otra vez en el asiento junto a la ventanilla y compartiendo al mismo tiempo los lugares restantes con dos personas más.
En cuanto se estabilizó el avión aproveché para tomar unas cuantas fotos desde el aire, pero desafortunadamente no salieron bien… Desconozco si fue por el grosor del vidrio de la ventanilla o por el reflejo del flash de la cámara sobre la misma.
El viaje fue tranquilo, sin muchos sobresaltos (no como en el vuelo de ida) y aunque me sentía cansada, no pude conciliar el sueño porque mi mente estaba llena de tantos pensamientos, de tantas imágenes y vivencias que tenía la certeza en cuanto tocara tierra debía empezar a plasmar si no quería correr el riesgo de perderlas, ya que si la desidia se apoderaba de mi voluntad, en consecuencia el olvido las borraría para siempre.
El tiempo pasaba, los minutos seguían contando y lo que más recuerdo ahora es que en medio de una oscuridad tan abismal, para mi era sorprendente pensar que un aparato tan pesado estuviera volando cual pluma ligera sobre las nubes y que además de eso yo pudiera sentir que avanzaba cruzando ciudades, montañas y desiertos aún cuando al mismo tiempo parecía que el viento lo mantenía suspendido.
Una hora y casi cuarenta y cinco minutos después me asomé por la ventana, y una vez más fue indescriptible la sensación que me provocó percibir desde el aire a la ciudad donde yo he nacido como si fuera un ente vivo (por la gran cantidad de luces y de movimiento que se podían apreciar desde esa pequeña ventanilla). Caer en la cuenta de eso y de que es el lugar al que yo pertenezco me hizo darme cuenta también de que es una ciudad que yo por nada cambiaría porque ahí se encuentra todo lo que amo.
Cuando el avión tocó por fin tierra firme yo estaba ya impaciente y ese sentimiento en conjunción con mi alegría se hicieron todavía más grandes, cuando también desde la ventanilla reconocí a través del cristal de la sala de espera del aeropuerto una silueta demasiado conocida y que estaba segura era la de Iván.
No me equivoqué y eso fue lo mejor de todo, llegar a casa después de haber vivido tantas cosas tan padres para cerrar esa experiencia con la alegría que te da el saber que hay alguien que esperaba impaciente tu regreso.
Salimos del aeropuerto y de camino a mi casa yo moría ya de ganas por contarle a Iván todo lo que había sucedido; y no obstante que ese momento ya es parte de una historia diferente en mi vida, lo que me queda decir justo a un mes de distancia en que he vivido todo esto es simplemente que a pesar de que yo esté casi convencida de que esta fue la última vez que me tocó ver a Laura en concierto y reunirme con todos mis amigos de tanto tiempo, con el paso de los años he aprendido que la vida no siempre resulta como la planeas y muchas veces hace “caso omiso” de las decisiones determinantes -que según esto- cada uno de nosotros solemos tomar…

Yo digo que no... Porque tengo para mi vida ya otros planes, aparte de que como “Fan” me di cuenta de que físicamente ya no estoy para esos “trotes”… Y aunque eso no significa que deje en el olvido mi sueño de viajar a Italia de “mochilazo” para estar en el Oficial Fan Club y de paso (si la suerte es "benévola") entrevistar quizá a Laura… Pero en fin... Yo no sé nada, mejor que sea la vida quien decida si me vuelve o no a sorprender…